Hoy vamos a publicar un relato de Astaroth, un colaborador del blog, en este relato se expone uno de los acontecimientos históricos más importantes del siglo XVIII y que ha condicionado en gran medida la posición de libertad de la que podemos gozar en la actualidad. Gracias a este importante momento de la historia, la vida tal y como se conocía cambio radicalmente, primando los derechos y libertades del hombre por encima de los legados aristocráticos y el supuesto derecho divino del que gozaban ciertas autoridades gubernamentales de la época. Sin entretenerme mas os dejo con el relato, espero que lo disfrutéis tanto como yo.
Libertad Tras el Fortín
El muro externo exploto. El pequeño cañón no podía con los gruesos muros de la fortaleza. Su propia munición eran cascotes que vomitaba mortalmente contra cualquier hombre que se pusiera delante. Contra muros de medio metro de espesor no tenia nada que hacer.
Pero la pequeña muralla externa, construida con barro cocido y yeso, únicamente servia para mantener apartados a los curiosos.
Nada podía hacer contra la turba enfurecida de cuerpos que se le venia encima.
Sus armas eran rudimentarias e inocuas. Su artillería, por llamarla de algún modo, consistía en una pequeña pieza de museo, un recipiente donde la pólvora mezclada con toda la metralla que se encontrara, era del todo inútil contra la fortaleza.
Pese a todo, el grupo de picas encargado de proteger la puerta este, la mas externa de la ciudadela, era barrida por su efectiva, a la par que rudimentaria, explosión.
Los veteranos soldados impidieron la entrada de la horda aullante con sus disciplinadas picas. Los cuerpos atravesados se contaban por docenas, no cesaban de aparecer nuevos enemigos, pero la formación no cedió.
Solo la deflagración procedente del cañón pudo con los defensores, llevándose junto a ellos a los combatientes que no habían perecido entre las picas.
Los cuerpos carbonizados y destrozados de los muertos se mezclaban con lo que quedaba de los vivos, estos, al borde la muerte no podían controlar sus funciones mas simples. El hedor de la sangre, el orín, la carne socarrada y el polvo levantado se mezclaba con la muerte.
El comandante gobernador De Launay no se iba a rendir. Los disturbios que se habían levantado en toda la ciudad serian pronto sofocados por el ejercito real, y el y su cada vez mas mermado regimiento serian rescatados.
El resto de fortines de la ciudad estaban siendo atacados al igual que el suyo. Pese a todo, este fortín era un símbolo de la opresión monárquica contra el pueblo. Al menos en teoría.
Construida como prisión política, la vieja fortaleza enclavada en medio de la ciudad servia actualmente para encarcelar a locos, libertinos y defraudadores. Los agitadores profesionales llegados de los confines del viejo continente habían convencido a la muchedumbre de que los prisioneros se contaban por cientos en el fortín.
De Launay, cojo pero valiente, defendería hasta la muerte su baluarte. El y su regimiento de lisiados eran pocos, pero veteranos de muchas guerras anteriores. Tarde o temprano los ánimos de la turba sedienta de sangre se enfriarían, palomas mensajeras llegarían anunciando la llegada de refuerzos y serian rescatados. Todo era cuestión de tiempo.

La noche caía, los revoltosos seguían intentando entrar por cualquiera de las 3 puertas. Allí la muerte les sobrevenía bajo pica, espada, virote o arcabuz.
Los muertos se acumulaban en malolientes montones, constituyendo un nuevo impedimento a los atacantes, que tenían que escalar a sus abatidos hermanos antes de enfrentarse a los guardias de De Launay.
Los asaltantes, armados con hoces, burdas lanzas, dagas, arcos de caza y alguna espada eran pasto de la veterania de los soldados armados con espadas largas, ballestas, corazas y, sobre todo, táctica.
Pese a todo, cada baja entre la guardia era mortal para la defensa. La llegada de nuevos asaltantes era constante. Una marea de andrajosos se estrellaba contra el cabo de piedra y acero que suponían los hombres de De Launay.
La puerta oeste era la que mas estaba sufriendo la perdida de hombres. De los cincuenta asignados a esta puerta, nada mas quedaban diez en pie.
Siete espadas, dos ballestas y un arcabuz separaban la victoria del desastre. Si una sola de las puertas caía todos los defensores perecerían. Defender una puerta con pocos pero expertos hombres contra chusma enloquecida que se arrojaba al suicidio, era relativamente sencillo comparado con la lucha cuerpo a cuerpo que se sucedería si penetraban en la fortaleza. Acosados por todos los sentidos, los defensores caerían fácilmente por simple inferioridad numérica.
En la puerta norte De Launay y sus treinta picas contenían fácilmente a la muchedumbre, el comandante decidió destinar seis de sus hombres a reforzar las otras dos puertas, donde la lucha seria mucho menos favorable.
Los soldados eran inválidos de otras campañas, cojos, tuertos, mancos y demás heridas surcaban sus cuerpos mutilados. Pese a todo, el entrenamiento continuo, asi como los expertos consejos de De Launay hacían que simples inválidos fuesen expertos soldados armados con aquello mas acorde a su defecto.
La puerta este aguantaba con diez picas y 4 ballestas el ataque, pese a sus graves bajas. El empuje inicial parecía disminuir progresivamente según aumentaban las bajas atacantes.
Pero la puerta oeste era la que mas estaba sufriendo, el propio De Launay acudió ahí con cinco de los hombres que retiro de la puerta norte.
La situación era desesperada, los diez hombres sobrevivían a duras penas frente a enjambres enloquecidos de la escoria de la sociedad. Ebrios de sangre, los andrajosos asaltantes no reparaban en las heridas hasta alcanzar la muerte. Miembros amputados sembraban el suelo, y De Launay y sus hombres poco podían hacer, aun así corrieron a socorrer los últimos defensores de la puerta.
¡Attaque! - Grito De Launay.
Los hombres motivados por la llegada de su comandante, pese a las pocas tropas de refresco que le acompañaban, cargaron contra la chusma.
Los atacantes que estaban mas cerca de la puerta, sorprendidos por la situación, fueron masacrados.
De Launay hizo a sus hombres cerrar las pesadas hojas de la puerta, mientras observaba como se concentraban en el patio exterior sus enemigos. Cientos, tal vez miles de almas ansiosas de ver su muerte.
Una mujer se separo del grupo y arengo al resto de la muchedumbre. La multitud se agito y grito a la fortaleza levantando brazos y armas.
La mujer se acerco lo suficiente para que se la escuchara. De Launay observo que iba desnuda de cintura para arriba, podría haber resultado hermosa de no ser por estar completamente cubierta de sangre y vísceras.
¡Déposez votres armes si vous voulez conserver la vie! - Grito cuando estuvo lo suficientemente cerca.
De Launay se quedo mudo. Nadie en su sano juicio tiraría las armas y saldría ahora.
Pese a ese sensato pensamiento, una oleada de vítores procedentes de sus sitiantes acongojo a De Launay. A la vez, gritos de puro terror sonaron dentro de sus propias filas.
Trahison – Dijo simplemente un soldado, y todos comprendieron la triste realidad.
Horas después, la cabeza de De Launay adorna una rustica pica. Otras muchas la acompañan, en la grotesca procesión por Versalles. Maria Antonieta escandalizada ordena cerrar las cortinas.
Por todas las calles de Paris una frase pasa de boca a boca. La bastilla ha caído.